Soluciones no hay
Aun con un estado que dice ser fuerte, que manifiesta contar con los recursos necesarios para expropiar empresas y llevar a cabo planes de inclusión y con una economía que según lo declarado por los gobernantes luce fuerte, la inseguridad hace tiempo que no es una mera sensación. O lo es, en todo caso, de realidad comprobable.
Comercios a los que vamos todos los días desmienten el silencio de las autoridades políticas, no de las que dan la cara, sino de la principal que tenemos en este país. Difícilmente podemos decir al comerciante, al propietario de una casa que ha sido sustraída, a quien le roban una moto, un vehículo u otra cosa que el hecho vivido no sea de inseguridad.
La policía hace su mejor esfuerzo: pero de nada sirve si los jueces o fiscales deciden soltar a los imputados. Eso claro está genera malestar en los servidores públicos, que ya de por sí están sufriendo la merma de tropas y más aun, la falta de interés de nuevos aspirantes ante una profesión de riesgo, a veces poco valorada por la sociedad desde su verdadera y real importancia. Sabemos quienes son nuestros policías, que son vecinos de Lobos y que hacen su mejor esfuerzo junto con las autoridades de la fuerza, pero hacen falta móviles, hombres, mujeres y recursos.
El de los menores de edad es otro tema: su paso administrativo por el delito que causaron es apenas un trámite y no tiene ninguna clase de consecuencia para sus padres, que son, en última instancia, los verdaderos responsables de su educación y crianza, responsables de ellos hasta tanto sean mayores de edad y quienes deben cubrir sus necesidades.
La sociedad para muchos es aquella que engendra a los precoces delincuentes, con la exclusión simbólica y material, pero no se puede hacer de la víctima el victimario. En los discursos de cadena nacional, la inseguridad y las medidas que no se instrumentan brillan por su ausencia en una verdadera sensación de elipsis. El estado parece eficaz para recaudar, pero es ineficiente para controlar esas cosas que no cierran de muchos de sus funcionarios.
A la vez, los mismos damnificados se enojan, se molestan, pero no se juntan, no se reúnen, no participan, no proponen y apenas se quejan. Tal vez ya nos estamos acostumbrando a esto.
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