miércoles, 3 de febrero de 2010

Pese a los controles, las multas y demás, es importante la cantidad de motociclistas sin casco

Es verano y, con ello, suele ser normal que veamos a una gran cantidad de jóvenes y menores dando vueltas por el centro de la ciudad después de las diez de la noche y hasta algunas horas de la madrugada. Allí, algunos entre rondas de mates en la plaza 1810 y otros dando vueltas en moto.

Y estos últimos haciendo sonar los motores de sus rodados para llamar la atención, más que nada de varones hacia el sexo opuesto. "Subí que te llevo..." se escucha por ahí, y, de pronto una moto sale con un conductor y dos adolescentes femeninas a lo largo del asiento a dar una vueltita al perro. Obvio, todos sin el casco. Pero antes, uno de los amigos que venía en bicileta, alertó a los que montaban sus motos que los zorros estaban parando en la esquina de Salgado y Albertini. "Mirá que se esconden medio que atrás de una planta y cuando ven la moto se te ponen medio adelante para que no sigas..."

No hay vuelta que darle, con sólo tres o cuatro giros este cronista pudo ver como en las calles aledañas del casco urbano la imagen se repite. Tal vez con un "zorro" en cada esquina sea suficiente, aunque como respuesta al pitazo de los agentes de tránsito, nuestros traviesos chicos salen disparando y cruzando tal vez algun semáforo en rojo, después de todo el agente no puede no respetar las normas que se encarga de hacer cumplir.

Y así nuestros agentes de la Ley poco o nada pueden hacer para que dejen de tomarles el pelo. Está claro, que acá no cabe duda que los últimos que tienen la culpa son las autoridades municipales cuando el respeto a las normas de tránsito es en cambio la ecepción a la regla.

Más bien habría que preguntar dónde estan en los padres. ¿Durmiendo? Ah... Tal vez se olvidaron de que cuando le dan la moto al nene también tienen que darle, además, el casco: ese que nuestros chicos no suelen utilizar.

Pero no hay que equivocarse... La culpa no es del chancho... También el que le da de comer algo tiene que ver. Porque parece inverosímil que un joven de trece, catorce, quince, y hasta dieciocho años tenga su propio ingreso para costearse la nafta. Y ni hablar de que ellos se compren por sí mismos la moto que manejan.

Al mediodía, el paisaje suele ser distinto. Precavidos hay muchos, pero no faltan quienes anden sin casco, o, que lo lleven en la mano. Esos sí que son caraduras: la tienen tan de piedra que hasta discuten lo indiscutible o le plantean al humilde inspector de tránsito que con ellos no se va a meter. El hijo del infractor, como no puede ser otra manera, apenas debe saber leer y escribir, pero de seguro debe entender claramente el ejemplo de su padre cuando intenta justificar lo injustificable.

¿Se lo imaginan al chico en la Escuela? Bueno, es todo por hoy. Sinceramente, está claro el asunto. Cabría preguntarse a esta altura si el que efectivamente usa el casco lo hace por el mero hecho de que no le hagan la multa o si porque verdaderamente está convencido de que ese elemento le puede salvar la vida.

Para todo esto no hace falta estadística. La cuestión es realmente palpable y las autoridades en esto milagros no pueden hacer.

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