domingo, 22 de marzo de 2009

De nuestra editorial: Rodolfo Walsh y la memoria de los años de plomo

Anticipándonos a la fecha del 24 de marzo, LobosDiario quiere recordar a uno de los próceres del periodismo en nuestro país. Rodolfo Walsh fue un escritor que en épocas de los años de plomo pagó con su vida por pensar distinto. El ser como periodista un confeso militante peronista no le valió falta de objetividad en muchos de sus escritos. Después de todo, es mucho más sincero decir de qué lado se está en vez de ampararse en decir que se es objetivo mientras que por el otro lado se oculta lo que sucede. Walsh, como muchos otros adelantados quizás no fue alguien reconocido en su tiempo, pero su legado al menos debería iluminar el futuro de cómo es que debería ser el periodismo.

Recorriendo un poco su obra, como señalaba un crítico de la literatura, a la hora de hablar del género del cuento policial, Rodolfo Walsh fue un escritor único. Y de hecho mucho más único que nuestro siempre vigente y presente Borges.
La diferencia entre el cuento policial de Walsh y prácticamente el resto de los escritores del mundo que gastaron sus plumas en este género (como lo decía una profesora de literatura en la facultad) radica en que la resolución del enigma en un asesinato siempre llevaba consigo una idea de justicia: véanse los casos del escritor Edgar Alan Poe y su Auguste Dupin o de Arthur Conan Doyle y su Sherlock Holmes. Así, descubrir al asesino nos llevaba a la realización de la justicia.
Sin embargo, en nuestro Rodolfo Walsh no sucedían estas cosas, porque quien cometía los crímenes de sus relatos era curiosamente el mismo actor que por el contrario debía impartir justicia, es decir, el mismo Estado.
Por ello, a título personal, creo que el mensaje de este periodista, autor de la conocida "Carta a la Junta Militar de Gobierno", lo que nos deja en claro es qué es lo que en definitiva se conmemora este 24 de marzo.

Muchos también podrán hablar de las víctimas de los terroristas que luchaban contra los militares, pero esto no puede servir de excusa para no reconocer que la mayoría de los treinta mil desaparecidos encontraron su muerte sólo por pensar distinto.
Porque mientras el terrorismo guerrillero es totalmente condenable, el terrorismo de Estado es imperdonable. Porque sin un estado que haga justicia, todo está perdido.

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